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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Mios son tus miedos


Una de las costumbres de mi padre, y que ya todos en casa conocemos a la perfección, es su afán por ser el último en dormirse y asegurar muy bien las puertas antes de hacerlo. Ayer, como en algunas otras oportunidades, me senté junto a él en el vasto sofá de mi sala pasadas las doce, cuando el único sonido acaparador es el del portón de la bodega de la casa contigua que cierra casi siempre a esa hora.

Ya la serie CSI estaba en la parte en que empiezan a seguirle los pasos al eventual asesino pero lo que quería dedirle no podía esperar. Me había pasado todo el día buscando información sobre lo que quería hacer en las vacaciones y ya tenía planes que sólo se concretarían con un "sí" de su parte...

- Pá ¿Podemos hablar...? (tartamudeando como siempre)
- Algo quieres... (sonrié, somos una familia muy bromista)
- (Sonrío yo también) Pá, yo sé que ya tengo dieciocho y no soy un niño, que muchos amigos míos ya están trabajando pero si no te lo digo ahora, quizás se pase un año más y...
- Al grano (sonríe otra vez).
- Quiero estudiar actuación en la católica porque sé que me falta mucho por aprender pero, sólo en las vacaciones, no te asustes, no he desertado de las comunicaciones.

En ese momento sus ojos se llenaron de lágrimas (inusual), apagó el televisor y por un momento pensé que lo estaba decepcionando, quise decirle que era una broma, que ya fue...

- Cristhian, gracias por reinvindicarme.
- ¿Porqué? ¿No me digas que tú también quisiste ser actor?
- Ni tanto pero debo confesarte que nunca me hubiese atrevido a hacerlo.
- Ya sé, en tu época seguro pensaban que eso era para los gays.
- No va por ahí...
- El dinero...
- En parte, pero no del todo...
- No entiendo...
- Yo también tartamudeaba mucho hijo...

Debo reconocer que me conmovió tanto que me lo confesara que por un momento me olvidé que yo tengo ese problema, no supe que decir; apesar de ser muy buenos amigos, él nunca me lo había confesado...

- Hijo, ( contenía el llanto) yo no he sido chancón pero tenía buena memoria. Me acuerdo que cuando el profesor nos preguntaba algo yo no alzaba la mano aunque tenía la respuesta... Porque sabía que simplemente mis palabras no fluirían, me ponía tenso, me frustraba y lo escribía en mi cuaderno.
- Pá, no sabes cuanto te entiendo, a mí me pasa exactamente lo mismo.
- Un tema aparte eran las llamadas por teléfono, le tenía mucho miedo a contestar e inventaba cualquier excusa para no hacerlo. Ahora sabes que sólo el amor me impulsó a llamar a tu mamá para enamorarla.
- Me ha pasado con muchas chicas, no puedo creerlo...
- Cada que me preguntaban mi apellido, tenía que repetirlo en voz baja antes de responder para no tartamudear, sabes que no son cosa fácil las C, P, R, Ts.
- Tienes razón, Pa... P... P... Palomino.
- Era extraño pero entre mis amigos hablaba normal y no se notaba.
- Lo mismo yo pá, lo mismo yo.
- Por eso te felicito, porque lo mismo padece tu tio Roberto y mira que "suerte" la tuya de heredarnos eso. Pero bueno, adelante, estudia, hazlo por nosotros, porque tú si vas a poder. Mi voz es tuya (se quiebra).
- ¿Sabes? Vaya ejemplazo que eres huevón, mírate ya casi no tartamudeas. Te prometo nunca más a renegar por esto, que voy a tomar los retos por donde vengan y voy a hablar por las veces que tú no lo hiciste.
- Gracias hijo, supéralo, pero pronto, que no pase mucho tiempo. Y si no lo superas... APRENDE A LLEVARLO CON ORGULLO.
- Gracias pá...
- Hasta mañana hijo...
- De de de de... Descanza papá...

viernes, 10 de diciembre de 2010

ONCE MINUTOS


A José no le duelen los síntomas, a José le duele tener mucha suerte. A José le crece el estómago. A José sean dedicadas las lágrimas de aquellos que todo perdonan.
A José se le ha negado el ingreso. A José se le secan los ojos, se le secan los labios, se le desvanece el color. José goza sabiéndose débil. José ya no es José. José dice que se queda y ¡maldita sea..! parece que es verdad.

Raquel conoció a José la mañana del 04 de Marzo del 2002 a las ocho y diecisiete de la mañana, encuentro que pudo darse a las ocho u ocho y diez pero Raquél no era precisamente un ejemplo de puntualidad. Tal parece que el peinado trenza francesa que afanosamente le hacía la tia "Carmencita" era uno de los motivos por los cuales no sólo ese, el primer dia de clases, sino todos los lunes de ese año, tendría que esperar hasta después del discurso del director, el himno nacional y las recomendaciones generales para cruzar el pontón azul desmejorado por los años.

Generales también fueron todos los parientes hombres de la familia Valdivia. Así que todas las generaciones que los precedieron, crecieron con ese machismo abiertamente profesado. José era el último de tres hermanos. Don Vicente era un hombre que se vanagloriaba de haber tenido muchos méritos en contados años: varios asensos y por lo menos tres putitas por cada docena de meses. A José como a sus hermanos les prohibió comer chupetines, porque eso era para las niñas, les prohibió usar pantalones ajustados, porque eso era para las niñas, les prohibió tomarse fotos frente al espejo, porque eso era para las niñas, les prohibió usar condón, porque eso era para las niñas.

José y Raquél se hicieron enamorados en las vacaciones de ese mismo año. José sabía que con Raquél pondría en práctica los consejos de su padre, quien, entre otras cosas, le dio clases maestras de cómo convencer a las muchachas para llevarlas a su cuarto, para que de juego en juego las desprenda de sus ropas y que tire por la borda la cucafata clase de la miss de ética sobre planificación familiar y no sé que tanta estupidez. Raquél sabía que con José compliría sus sueños: casarse de blanco, virgen, sí, virgen.

El 07 de Mayo del 2003 después de más de un año de relación, José no habia podido lograr su cometido, pero tampoco podía arriesgarse a ser brusco con Raquél, porque a su modo, pero la quería. Sabía que aunque aún era chico, y según él, le faltaba consagrarse por lo menos con seis o siete chicas de la promoción, Raquél sería la madre de sus hijos.

En su hijo fue en quien menos pensó Don Vicente cuando lo llevó a donde Maritza, prostituta de renombre, cien por ciento garantizada, "dificil de satisfacer pero fácil de apantallar" decía el "astuto" Vicente que pagó veinte soles para que José deje de pensar mucho en esa "mocosa que se hace la de rabo angosto", tal como llamaba a Raquél.

Diecisiete minutos demoró José en salir de la casa de Maritza. Lo que haciendo cálculos significó sólo once minutos del encuentro con el placer. Cinco minutos en desvestirse y volverse a vestir y dos minutos para remojar la cabeza en el cilindro con agua que estaba en el baño rosa de Maritza.

Once minutos que aún le pesan. Once minutos que le limitaron la existencia. Once minutos que lo alejaron de Raquél. Once minutos que no lo dejaron ingresar a la escuela de suboficiales. Once minutos que maldice su padre. Once minutos que hacen penar a su madre. Once minutos que le impedirán ser padre. Once minutos que ahora deforman su cuerpo. Once minutos que lo hacen divagar y pedir una coca cola helada. Once malditos minutos que lo hacen despojarse de su pelota, su camiseta de la u y su colección completa de relojes. Once minutos de mierda que lo hacen oler a pena, él dice que se queda y ¡maldita sea..! parece que es verdad.